miércoles, 7 de noviembre de 2012

Mia.

Hace frío y alguien llora. Quizás sea yo, aunque en este momento ni me doy cuenta de lo que hago, sólo sé que mis pies está helados a causa de estar descalza y que en segundos alzaré la vista para contemplar mi cuerpo semidesnudo delante del espejo.
Tiemblo, acto seguido, me miro. Sé que no le gustaré a nadie si sigo con este cuerpo, por lo tanto tengo que bajar de peso. Me seco las lágrimas y decido subirme a la báscula, temiendo lo que marque.

46.2. No. No. No puede ser. ¿Por qué? Suspiro y vuelvo a secarme las lágrimas. Mamá dice que debería pesar 50 kilos acorde con mi estatura pero yo no estoy de acuerdo. Quiero pesar menos, sentirme bien conmigo misma, ser más guapa, atraerle.

De pronto, unos brazos  -esqueléticos prácticamente-  me rodean. Están llenos de heridas, cortes. Alzo la vista y puedo comprobar con mis propios ojos que hay algo que me está rodeando, con una sonrisa que hace que se me ericen los pelos de la nuca, unos dientes amarillos –y más de uno roto- y escasamente, unos mechones de pelo, nada más.
Sé quién es, la reconozco, por eso ni me inmuto. Su nombre es Mia, hace días que viene a verme, exigiéndome que vomite mientras hace que meta tripa para verme más bella.
Tengo miedo pero no por no poder ser más guapa, sino porque Mia me siga observando y acabe por ser mi sombra… por completo.

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